Ovidio se tumbó sobre la cama y pensó en olvidar. Había decidido tomarse la semana de vacaciones y hacer ese viaje al interior… al interior de su país, de su alma, de su cerebro agotado. Y ahí tumbado miró por la ventana y por el cuadro, que era tan parecido a la ventana que ya no sabía por dónde miraba. Y la idea de que lo miraran lo dejó perplejo, porque él estaba solo y así quería estar, sin que nadie lo mirara ni mirar a nadie.
Sin embargo, tumbado en la cama, miró el techo y no se podía explicar cómo estaba tan bien pintado, tan blanco, tan lejano, tan alto y tan bien pintado, debieron usar una escalara muy alta, aunque solo había una silla en la habitación, pero con esa silla no, no se podía, no se llegaba. Quizá la silla arriba de la mesa, pero sería muy peligroso y estaba todo tan blanco que pensó en lo imposible de que alguien se hubiera caído desde ahí, hubiera salpicado sangre y se notaría, porque eso es lo que tiene de malo el blanco.
Y entonces se levantó y se sentó en el silla y la sintió fuerte, pero no tanto como para pintar toda la habitación parado ahí arriba. Pero ya no lo importó, porque de golpe se sintió feliz de no pensar en nada, de estar callado y una terrible felicidad le habitó los silencios. Y era la primera vez que le pasaba, que se escapaba y se sentía feliz, y la ventana no le daba ganas de irse y el cuadro torcido no le daba ganas de levantarse. Y ahí se dio cuenta fácilmente de cuál era el cuadro y cuál la ventana… Aunque el cuadro era tan parecido a la ventana.
Y se sintió solo, pero consigo mismo, que no era lo mismo que estar solo, porque él siempre había estado solo pero con mucha gente alrededor, pero ahora él estaba ahí, pensando en techos y cuadros y ventanas y nadie le diría que se ponga a trabajar o a estudiar y se sintió tan cerca suyo que de golpe se acordó de que se llamaba Ovidio y por primera vez lo pronunció en voz alta y serena, sin avergonzarse del nombre que le habían puesto sus padres. Y Ovidio retumbó por las paredes de algodón, como un grito suave, algo de libertad, algo de relajo. Y su nombre le habitó los silencios y los llenó de vida y Ovidio se sintió dichoso de estar solo y que el cuadro estaba torcido y era cuadro, y que la ventana no servía como escape, porque el escape lo encontró mirando el techo que era muy blanco y pudo pensarlo y decirlo sin que nadie se burlara, porque él era Ovidio y pudo quedarse tumbado en la cama sin que nadie lo molestara.