miércoles, 1 de junio de 2011

Se fue. Y se sintió feliz. El dolor en el alma la hacía feliz. Saber que perdía la hacía feliz. Encontrarse sola. Caminar por la calle. El frio. El calor del subte. Ir hacia ahí, porque sí. El mate caliente. El cigarrillo. La mano amiga. Y no sabía que sentía. Porque le dolía el pecho, pero se reía satisfecha. ¿Por abrirse? ¿Por alejarse? ¿Por no sostener? Y hacer todo esto era alejarse de esa mujer de antaño, esa que tenía miedo, que se aferraba al amor cual niño a la pollera materna. Pero qué era el amor… Una construcción… claro. De a dos. ¿Y de a uno? No, de a uno no se podía. Y eso era lo que más satisfacción le daba. Plantarse en el deseo de ser dos. Ya no más sostenes, no más juegos ajenos. Ahí. Parada. Tiesa. Sola. Desnuda. Se piensa. Se enrosca. Se repiensa. Se siente. Sola. Y feliz. Sola. Y completa. Pero dolía. Un dolor muy raro. Desconocido. Apacible. Silencioso. Pero punzante y tajante. 

Estrategia

Y los dolores, y las frustraciones, y los miedos, y los conflictos, y los golpes, y las caídas. Ahí, a flor de piel, son jugadores, no opciones. Y juego contra ellas. Trato de llegar primera, de ganarles. Pero a veces el juego de la vida se hace detestable, y prefiero jugar al T.E.G. Y viste que ahí en algún momento tenes que asociarte, firmar pactos. Y ahi están ellas, las risas, el llanto, la sencillez, la caricia, pero también los dolores y las frustraciones y los miedos y los conflictos y los golpes y las caídas... Y ahí, ahí te das cuenta, una vez más, que tenes que patear el tablero a la mierda, o con todo esto armar el juego propio. Ni mío, ni tuyo, ni de nadie. De los que elegimos para rellenar este camino hacia la nada.
Porque no vamos más que hacia la muerte.

Sujetador de almas


Y empecé con Mariela, que mi cuerpo la quería tanto. Primero me daba bronca que sólo me llamara cuando estaba mal. Después me fui dando cuenta que era el mejor momento porque su vulnerabilidad me permitía todo. No es que hayamos pasado a mayores. No, no. Pero sujetar el alma es una forma de sujetar todo el resto del cuerpo. Y la abrazas por detrás, pasando tus brazos por debajo de sus axilas, y la apretas fuerte. Y casi que le sujetas los pechos mientras le sujetas el corazón. Y ella se estremece. Ella y todas. Y cuando se estremece inclina la cabeza, y a vos te permite sujetarle la cabellera con tu rostro, especialmente con la pera. Y te llenas de olores. Y cada vez tu espalda está más cerca de la suya. Y te imaginas como sigue. Pero para ella sólo le sujetas el alma. Y sonríe. Su mueca acaricia tu rostro. Luego cruza sus brazos sobre los tuyos, y te agarra de los codos y te aprieta más cerca de su cuerpo, casi la traspasas. Pero solo busca que le sujetes el alma. Porque mientras te habla de Francisco, y de Ernesto, e incluso a veces del padre. Y vos, ni un amigo. Solo un sujetador. 


Mariela no era fácil. Pero con el resto de las mujeres - que no me gustaban - era una pavada. Un trabajo más. Esos que la primera semana, el primer mes, te parecen increíbles, pero después siempre la misma cantinela. Y además ad honorem, así que yo tenía que romperme el alma laburando de cualquier cosa, porque este laburo no tiene horario. Pero con Mariela era distinto, disfrutaba culposamente de sus caídas, de su necesidad de sentirse sujetada, de sus desamores, de sus mates. Y la abrazaba por detrás, a veces ella sentada, yo arrodillado.

Mariela había sido como una tesis de doctorado.

Pero sujetar su alma era estrolar la mía contra el piso.
Y fue ahí que te conocí.

Flotando.

No me sujetes el alma. Camina a mi lado. ¿Te es tan difícil? Solta los brazos. Yo no los necesito. Salvo que caiga. Te juro que te aviso. Parate, dale. Dejame de hinchar. Dónde aprendiste semejante tontería. No somos todas iguales. Yo no necesito que me sostengas. Dale, por favor, sentate ahí. Dame un mate. Cebamelo vos a mí. Qué mal acostumbrado estás, por Dios. No sé, no me importa Mariela. Te digo que no somos todas iguales. Yo quiero que camines al lado mío. Podes sujetarme el hombro. ¿El alma? No, el alma no. Quereme. Cuidame. Protegeme. Amame incluso. Pero, ¿sujetarme el alma? No, corazón, deja que yo me agarro fuerte de mis sueños, mis anhelos, mis más profundos deseos. Eso, eso me cobija el alma. Mi yo puro. Mi soledad. Mis mañanas de lluvia densa. Mis noches iluminadas. Yo me sujeto el alma. A vos, a vos te quiero al lado. Ni arrodillado ni subido a una escalerita. Al lado. Acá. Acostate. Dale. Relajate. Dejate cuidar. Relajate. Pensa. Soñá. Acaricia tu alma. Dale, yo me ocupo de la mia. Pero nos ayudamos. Nos queremos y nos damos mimos.
Y sujetate fuerte.

Amar es caer al abismo.