Y empecé con Mariela, que mi cuerpo la quería tanto. Primero me daba bronca que sólo me llamara cuando estaba mal. Después me fui dando cuenta que era el mejor momento porque su vulnerabilidad me permitía todo. No es que hayamos pasado a mayores. No, no. Pero sujetar el alma es una forma de sujetar todo el resto del cuerpo. Y la abrazas por detrás, pasando tus brazos por debajo de sus axilas, y la apretas fuerte. Y casi que le sujetas los pechos mientras le sujetas el corazón. Y ella se estremece. Ella y todas. Y cuando se estremece inclina la cabeza, y a vos te permite sujetarle la cabellera con tu rostro, especialmente con la pera. Y te llenas de olores. Y cada vez tu espalda está más cerca de la suya. Y te imaginas como sigue. Pero para ella sólo le sujetas el alma. Y sonríe. Su mueca acaricia tu rostro. Luego cruza sus brazos sobre los tuyos, y te agarra de los codos y te aprieta más cerca de su cuerpo, casi la traspasas. Pero solo busca que le sujetes el alma. Porque mientras te habla de Francisco, y de Ernesto, e incluso a veces del padre. Y vos, ni un amigo. Solo un sujetador.
Mariela no era fácil. Pero con el resto de las mujeres - que no me gustaban - era una pavada. Un trabajo más. Esos que la primera semana, el primer mes, te parecen increíbles, pero después siempre la misma cantinela. Y además ad honorem, así que yo tenía que romperme el alma laburando de cualquier cosa, porque este laburo no tiene horario. Pero con Mariela era distinto, disfrutaba culposamente de sus caídas, de su necesidad de sentirse sujetada, de sus desamores, de sus mates. Y la abrazaba por detrás, a veces ella sentada, yo arrodillado.
Mariela había sido como una tesis de doctorado.
Pero sujetar su alma era estrolar la mía contra el piso.
Y fue ahí que te conocí.
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