Los teléfonos gritan desesperados. Ninguna mano se digna a darles alivio. Aunque no entra un solo rayo de sol por los ventanales sin marcos, deben de ser entre las 10:00 y las 15:00 horas. Una luz artificial brilla en el techo. Paredes blancas. Pisos resbaladizos atajan tacones lejanos, corbatas financieras, monedas de 25 centavos. Todo luce muy inmaculado y tranquilo.
Sin embargo el aire huele a reclamo, las caras a deuda, las filas de gente, a espera. Las sillas ubicadas en el centro del salón invitan a retirarse. Nadie habla. Nadie se mira. Cada tanto un timbre agudo taladra la cabeza y alguien se levanta. Detrás de los vidrios, ladridos.Los escritorios saben a sellos, el ambiente suena a máquina registradora agotada. Unas aparatos extraños tragan y escupen papeles. Frente a estos, algunas alegrías, otras decepciones.
En la puerta principal hay una garita de policía. Entra y sale gente constantemente, por voluntad propia. Esto no debe de ser una cárcel. ¿O sí? Nada está quieto. Nada está completamente en movimiento. Algo debería de suceder.
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