Y evidentemente un día decidiste jugar solo el juego de la vida. Imponer tus propias reglas. Tiraste a la mierda todos los muñequitos y quedó sólo uno. Y un autito, claro. Porque en ese juego de la vida se avanzaba en auto. Imagino también que habrás cambiado el tablero. O lo habrás desechado directamente. ¿Para qué? Te marcaba momentos, te decía lo que hacer, con quién y hasta cómo.
Pero pensaba si era la manera. Porque claro, me intriga. Me intriga saber si será esa la salida por donde tengo que huir. Yo siempre jugué el juego de los otros. Pero nunca decidí jugar sola. Me fueron abandonando. Se ve que mis actitudes competitivas no agradaban. Y se fueron todos. Y quizá sea la opción. Sacar el tablero a la mierda. Bajarme del autito e ir caminando por otros senderos, sin otros, sin reglas de otros, sin más problemas que los míos. Y ahí me pregunto si los otros son el problema o nosotros nos obligamos solitos. Por qué sujetamos si no queremos. Por qué encontrar el goce en algo tan repugnante. Por qué no equilibrar la balanza y hacer reglas nuevas.
De vida.
No de juego.
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